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Cuento que te cuento

Sabia virtud la de perder el tiempo.

Mi papá fue el primer maestro que tuve. Me enseñó los exabruptos de la Revolución y aprendí que el miedo no anda en burro.

Más tarde, cuando se reunía con sus compañeros de armas, en los cafés, en los cuales me aburría muy al principio, después se me hicieron insuficientes, cuando relataban batallas, escaramuzas, guerra de guerrillas y del rápido avance de Pancho Villa, ya que había ordenado que se dejaran a las mujeres en tal crucero, y después volverían por ellas los que volvieran.

     Así supe, por sus voces, de las cruentas batallas y las muertes de muchos compañeros de mi padre, y de mis tíos, muy al principio del 20 de Noviembre de 1910.

     Pero, como siempre he dicho, lo que no viviste es o un cuento o una leyenda. ¿Cuál puede ser la verdad cuando la dicen quienes participaron en la revolución?

     De aquellos tiempos, principios de los cuarenta, mi papá me llevaba al Palacio de los Azulejos, cuando las armas estaban colgadas, y las botas, espadas, bayonetas y 30-30 tiradas en el desván de los trebejos. Sus trofeos de la guerra civil en contra del dictador Porfirio Díaz a quien, desdeñaba yo por los contrastes que había entre una película sobre su vida o algo parecido, como fue ¡Ah que tiempos señor don Simón! con Joaquín Pardavé al frente del elenco, y lo que realmente se sabía por boca de sus protagonistas.

     Odiaba, pues, a los pseudointelectuales metidos a guionistas de cine, y cantaba, con el clarín de gloria, y aprestos y leyendas, y los cuentos, de los amigos de papá.

     Con el tiempo, el trabajo, las tandas de la carpa y más tarde el alucine tocando en orquestas de tres o cuatro elementos, para musicalizar los bailables de las jóvenes de tacón dorado que pululaban en los cabarets de los cincuentas y sesenta. Esos sí eran tiempos verdaderos, reales, de muchas pérdidas y de incontenibles evasiones de los jóvenes que, al escuchar un danzón, como Nereidas o Juárez no debió de morir -si no mal recuerdo el título-, sacaban a las mocosas o muchachonas de relieves esculturales que, previo el precio, terminaban en el baile dancístico de la cama.

     Inolvidables tiempos aquellos.

     Los cafés y cafetines -de poca monta que tenían un piano o pianola- me servían para sacarle lustre con viejos boleros y danzas que hoy, ya no se tocan porque desaparecieron, como que se fueron también sus autores, pero que a mí, me servían para practicar y empezar a lograr -o como diríamos más tarde- un estilo que finalmente prevaleció hasta el final de mi vida.

     Más tarde, cuando ya los años juveniles se habían trastocado en los hombros maduros, iba a los cafés a leer, desde el periódico, las revistas SIEMPRE, POLÍTICA y otras que, por quererlas hasta sus nombres he olvidado.

Así es la vida, siempre me lo he dicho y la desmemoria por igual ¿transtornó mi vida el hecho de no recordarlas? ¿Te clavaste en la amargura porque no hablabas ni siquiera de las planas mejor logradas y que leías con muchas ganas? ¿Te has sentido ajeno porque no cuadraban tus datos con los originales o porque, como pasa siempre, acabas diciendo una cosa por otra y citabas a la historia, según tu real entender?



     Esos cafés fueron mi escuela, aparte de las formales, y fue donde el fuego del pensamiento y de la información me hicieron bastante ducho en el autoconocimiento como, para dar a entender, que ésta universidad en extensión, es más que gloriosa, única, sensacional, pues te abre más puertas del conocimiento, por tu contacto diario con los libros.

     Para no hacerles el cuento largo y quejumbroso, me gradué en esa universidad, Logré no sólo el título de abogado, sino de maestro y luego el de doctor. El doctorado como máxima aspiración humana, aunque después supe que había también otros post sobre determinadas materias que me hubieran hecho el mejor de los profesionales de mi tiempo.

     El café también fue la fuente de la ilusión y de sentarme con la mujer amada y acariciar los futuros que no se dieron. El amar, entre sorbo y sorbo, y el humo del cigarrillo o del puro, de acuerdo con las etapas, me hicieron perder también el tiempo que, mejor aprovechado, me hubiera llevado a lo que aspiraron los filósofos griegos, entre los pre y los otros. Ganar la sabiduría que, endilgada como forma de todo conocimiento humano, me hubiera hecho un superhombre, o el diablo mismo -(que aquí entre nos no existe)- que según el dicho de que sabe más por viejo que por diablo.

     Hoy, que ya ni la iglesia cree en él. Eso se dice, y a lo mejor estoy equivocado, me siento, al final de mi vida como un pobre diablo, pobrísimo, lo que ya es mucho decir. Y sólo porque a esa distancia, de mis primeros cafetines visitados, y a los que asisto, ahora de vez en vez, me hacen compadecer de mi inocencia que creía que nunca sería deshonrada: hoy, se va, a los cafetines con el único objeto de perder el tiempo, por lo que le doy medalla al mérito a mi maestro Renato Leduc, cuando afirmaba, gloriosamente: Sabia virtud la de perder el tiempo...

Don Catarino Mambo
para MEMORIAS DEL PORVENIR
10 de Diciembre del 2008

 

 
  Casa de los Azulejos - Palacio de los Azulejos ubicada en la calle Maderon # 4
   
 
  Doroteo Arango, Pancho Villa
   



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