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Desde ese domingo que fue otro...

No era de extrañar que el hombre sintiera cierta amargura cuando llegaba a su departamente y lo encontraba vacío. Ni una alma, ni la voz de una mujer y menos de un niño o niña. Había estado sólo y vivía solo y ahora, cuando ya empezaban las canas, esta frustración se le hacía más seria. que lo orillaba, frecuentemente, a las lágrimas.

    Su nombre como el de cualquier otro hombre. Su trabajo, como de cualquiera que tuviera un oficio. ¿Culto? De ninguna manera. ¿Estudios? Primer año de secundaria y a trabajar, como bien se lo decía su padre:

    -Un peso en la bolsa y ganas de oficiar en el trabajo.

    Así que, entre los muchos trabajos que tuvo y los pesos que se fueron acumulando, su vida transcurrió sin sentido amoroso, aunque hubo tentativas y varias veces, a punto de encontrar la pareja adecuada. Pero el miedo al porvenir o la problemática que acarrea un hogar, lo hizo desistirse y emprender una reflexión, un poco lastimosa:

    -Lo haré cuando tenga suficientes recursos para mantenerla y educar a los hijos si vinieran-.

    El tiempo no perdona el ritmo de la vida se encargó de que llegara ya a una edad límite en donde, le sería muy difícil encontrar a la mujer, a quién querer y con quién procrear.

    Del trabajo-o de los otros que tuvo-a su casa y de su casa al trabajo. Nada de cantinas, tampoco amigos, ninguna juerga ni ir a bailar, cuando el cabaret estaba en su apogeo o los salones de baile brillaban con sus luces y los vestidos, ya escotados o muy largos, con lentejuelas o ajustes modernos.

    De vez en vez compraba un libro, que le había interesado y lo leía de corrido. Se lo llevaba al trabajo y a la hora de la comida, le echaba ojo y lo cerraba, cuando algún compañero le preguntaba:

    -¡Estás leyendo pornografía, cuate!-

    Se ruborizaba un poco y enseñaba las pastas. El compañero, un tanto despistado por ser poco observador, se volvía sobre sus pasos y se reunía con los otros.

    Los sábados, por la tarde, después de haber cobrado la raya, se dirigía al mercado, a unos pasos de su casa, y compraba la canasta que, se iría consumiendo en la semana: un poco de fruta, el arroz imprescindible, el aceite y la azúcar; la carne, generalmente poca, pues no teía refrigerador, que salaba para comerla muy a principio de la semana. Una caja de galletas, unas tabletas de chocolate y atún envasado, que abría periódicamente para preparar su comida de todos los días.

    Nada sobresaliente. Rutinario. Un ser humano dotado para no provocar ni envidia ni violencia. Con vestimenta de clase pobre, pero eso sí, siempre limpia como a él le gustaba, y porque así se sentía más a gusto en el trabajo que ahora tenía y po el cual devengaba un sueldo que no era, ni suficiente, más bien raquítico, pero que le servía para sus necesidades.

    Pero seguía acumulando pesos. Como decía la canción de Chava Flores: “peso sobre peso” y con ese espíritu, ya llevaba ahorrado una buena cantidad.

    ¿Qué fue lo que pasó en un domingo en que, los compañeros hablaron de pasar la mañana en el Lago de Chapultepec que aceptó la invitación para acompañarles? ¿Por qué esa decisión que lo sacaba de una rutina establecida de años? ¿Qué lo motivó?

    La verdad, ¡nunca se sabrá! Pero insólita como era, después de tantos años, tenía que ser sorpresiva en su desarrollo. Y así fue como, nuestro personaje, decidió estar presente en una comida, junto al lago, y con compañía femenina. Por supuesto, las empleadas de las tiendas, acudirían para estar, en esa sola ocasión y por causas que él desconocía, juntos para una diversión dominical.

    El no las conocía. Tampoco sabía sus nombres. Las había visto, en repetidas ocasiones, porque el taller se encontraba en el sótano de la tienda y bajaban frecuentemente ya fuera por una cosa u otra.

    No le llamaban la atención ni tampoco ellas reparaban en él. quizás por la edad o porque fuera opacado, nada brillante ni en su andar ni en su habla; o por mil razones más... Pero, cuando llegó a la cita, después de haber viajado en el tranvía y recorrer los pasos que lo instalarían en el sitio señalado, se llevó una sonora rechifla, de entusiasmo, de parte de sus compañeros, que así lo saludaban ya que en ocasiones anteriores, había dicho no, para este tipo de reuniones de los trabajadores.

    Y, por primera vez en su vida, las vió como debía verlas un hombre: mujeres, en toda la extensión de la palabra. Mujeres que tenían sus atractivos y que vestían, algunas de pantalón y otras con faldas cortas, eran los tiempos de la minifalda y los muslos de aquellas jóvenes, llamaron poderosamente al sexo dormido del protagonista y se sintió, por lógica, fuera de tono o quizás de sitio; pero ya protagonista del erotismo que surgía, como la lava de un volcán, como la marejada en tiempos de ciclones, como la lluvia tormentosa en noches tétricas y amargas.

    Surgía a la vida y la vida para él, siempre anonadado por un automatismo insípido, se revolvía urgente como nunca antes lo había experimentado.

    Y la luz, esa que siempre había visto, se abrillantó y se perfiló hacia su ser ante la presencia de la mujer, vista desde el ángulo sexual, nunca antes contemplada asi, como que su vida tranquila, sencilla, sin desgastes emocionales, cobraba ahora el verdadero rango a que tenía derecho.

    Hombre al fin, aunque ya maduro y con las primeras canas en sus cabellos lacios, brincaba de gusto, como su corazón en una soberbia taquicardia. Se solazaba de haber descubierto todo. Se sentía el hombre más grande de la tierra y se empeñaba, por primera vez, de sentirse al lado de un fémina y platicar de todo, mientras sus ojos recorrían, plácidamente los senos y las curvas, que se habrían insondables rubros de un placer inesperado.

    El hombre de este cuento había alcanzado la plena juventud sexual cuando ya tramontaba los cincuenta años. ¿No era un milagro de su propia vida, ausente en todo el tiempo pasado, para abrigar hoy, un nuevo derrotero a su existencia y para ver la calidez de los actos simples, al lado de una mujer, como de grandes dimensiones?

    Por supuesto que desde ese domingo fue otro.

Don RENATO
en MEMORIAS DEL PORVENIR
Sábado 16 de Noviembre del 2008

 
 



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