Memorias del Porvenir
Lunes 16 de Febrero del 2009
noticias de actualidad  

Café té cuento…

UN ABUELO A TODA MADRE.


DON RENATO

Cuando lo vi, la última vez, era un montón de carne despedazada, con la ropa que llevaba ese día desgraciado. Sus ojos, su piel, parte de una oreja, las piernas rotas, el abdomen, todo en él, teñido de sangre. Su propia sangre desparramada sobre lo que había sido un cuerpo humano, de unos ochenta años de edad, que en ese momento no representaba nada.

 

Sólo carne destruida y ropa despedazada; y sangre por todos lados. El abuelo Carlos había pasado así, en un instante de la vida alegre y dicharachera, a una muerte espantosa que, en los primeros segundos del accidente, le ha de haber dolido tanto, que hubiera exclamado, como cuando se dio un martillazo en el dedo.

 

-¡Carajo!

 

Vivía en México, desde hacía mucho tiempo. La escuela, el teatro, la música, la vida misma en la ciudad, adoptada desde el primer año de mi vida, me impedían estar con la familia. De vez en vez venía a la provincia y lo primero que hacía era saludarlo, y que me platicara de sus andanzas como soldado revolucionario, pero a la vez, como jugador de naipes, en el Casino Español, al que había entrado como empleado, hacía un titipuchal de años.

 

-Pues, verás hijo…Y se soltaba con retazos de su vida, de una historia escrita bajo el maleficio de la servidumbre. Los indios mexicanos les servían a los gachupines, en la barra, como meseros, o en la mesa del juego, barajeando o limpiando el enorme salón, después de que acababa la mal llamada jornada del chupe y del juego, de la colonia española.

 

Ninguna mujer “decente” se atrevía a entrar a ese sancta sactorum. Prohibidísimo. Y las damas españolas, algunas de un tipo característico de la península, llamaban la atención cuando se les veía deambular, por los portales o por la plaza de armas.

 

-¿Y cómo te sentías, abue, en ese ambiente?

 

-Mal. Realmente mal. Los gachupines-y eso se lo aprendí muy pronto-, son baturros, necios, pagados de sí mismos, no saben la O por lo redondo…

 

-¿Todos?

 

-Se salvan unos cuantos. Se vino de España lo peorcito, y después de la conquista, otro tanto, que dejaban mal parada a la llamada madre patria.

 

-¿Madre patria?

 

-No, eso bórralo de tu memoria. Los españoles del 1500 y feria fueron conquistadores. Nosotros teníamos una cultura, digna de todo crédito. Nuestras pirámides a la altura de las egipcias (que ahora un trastornado gobernador del Estado de México, llamado Enrique Peña Nieto, apoyado por un idiota del INAH, Armando de María y Campos, TRATAN DE DESTRUIR, por causa del turismo internacional).

 

Y la madre patria quedaba en el juego sólo de las palabras. A mi abuelo le dolía lo que habían venido a hacer los conquistadores ibéricos no sólo con la gran Tenochtitlan, sino la destrucción masiva de los ídolos, que eran los dioses de los pueblos que estaban asentados en México. También la quemazón de los códices, y de tanta información, que se perdió en una gran mayoría, salvo lo que rescataron algunos frailes. Y sobre todo que impusieron un religión, la católica y romana, a sangre y fuego, a través de la santa Inquisición.

 

Mi abuelo, de raza pura indígena, tuvo la ocurrencia de casarse con mi abuela, Manuelita, cuya madre había sido francesa, viuda de un soldado que vino a imponer, con su bayoneta, al espurio de Maximiliano de Habsburgo. Murió en la batalla del 5 de Mayo de l862. Viuda y sin hijos entró a trabajar en una pastelería, en donde se conocieron. Se amaron al instante, y se casaron. De ese matrimonio nació mi madre.

 

Mi madre, desesperada, porque nadie de la familia quería entrar a la sección hospitalaria, donde se hacen las autopsias, me llamó por teléfono y en un abrir de ojos, estaba ya en el sitio adecuado, recibiendo las instrucciones para un reconocimiento postmorten.

 

-De este color era la ropa y el saco que usaba, y así y asado. Su cara y sus ojos, moreno y negros, en su mano un anillo, creo que de masón; en fin, obsérvalo bien, y cuídate de que sea Carlos, mi padre y tu abuelo, hijo.

 

El olor a sangre putrefacta fue el primer indicio de que estaba seguro que quien yacía sobre la plancha fría era mi abuelo Carlos, El doctor que me acompañaba, me dio los pormenores, y volteó lo que era volteable y me señaló algunas garras de la ropa que llevaba. Pero el saco y el inconfundible anillo me orillaron a aceptar que allí estaba mi abuelo, sin cara, sin ojos, sin brazos, sólo un revoltijo de huesos con ropa destrozada.

 

Lo miré largamente. El doctor me dirigió dos o tres palabras. Salí de ese estupor y no importando nada, tomé una parte de su saco, que tenía parte del hueso salido, y lo salude, como si estuviera vivo y aunque las palabras no salieron nunca de mi boca, pude decirle:

 

-Abue, como estás…

 

DON RENATO…En MEMORIAS DEL PORVENIR…Lunes 16 de Febrero del 2009

 

 


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