Memorias del Porvenir
Martes 11 de Noviembre del 2008
noticias de actualidad  

México City, mi ciudad


DON RENATO

    Amo a mi ciudad por muchas causas o sin ninguna. Simplemente porque fue donde crecí, o me formé, no muy bien, pero cuyos logros, a largo plazo, me hicieron sentir un poco satisfecho. No total. Porque finalmente quién se siente realizado, es decir, que logros son las metas y los propósitos hechos en una niñez o adolescencia o en su juventud.

    México city fue mía desde pequeño. Aspiré sus perfumenes como gases y su nauseabundez; la Merced, que era contacto con la comida como con la prostitución; o una San Rafael, que en mis tiempos mozos, era tranquila y sus casas todavía no se caían a pedazos y se deterioraba el ambiente y se colaban las pandillas de Santa Julia, para dar cristalazos a los autos que se quedaban en las calles.

    El zócalo mismo tuvo fuertes sacudidas como las del 68, pero siempre fue considerado santo sactorum por el oficialismo. Para los gobiernos federales, enmarcados en el priísmo más corrupto, tenía significados de fetiche.

    Pero zócalo al fin, era sitio también para las tardeadas dominicales y después del triunfo de la izquierda, para un gran acopio de programas culturales, en beneficio de una mayoría, no del pueblo en sí, sino de todos los que iban a la Plaza de la Constitución a verlos y oirlos.

    Ejemplares muestras de poesía; música de todos los tiempos con cantantes de todas las épocas; sinfónicas, grupos, mariachis, cantantes como Oscar Chávez a quien, se admiraba siempre siempre se le aplaudía y de altivez de la juventud defeña.

    San Angel o Coyoacán, así como Xochimilco, servían para escapadas más largas, como si fueran excursiones o el mismo bosque de Chapultepec a quien se llegaba por tranvía. Esa Casa del Lago a la que íbamos para leer los periódicos dominicales, las entretenidas páginas del Excelsior y Novedades. O más tarde, al mediodía, acudir a la sala principal para ver teatro, o escuchar poesía, o una conferencia. O cuando CLETA tomó el espacio abierto, que daba al lago, para llevar a cabo sus grandes temporadas bajo el amparo de una arma distinguida, EL MACHETE, periódico de izquierda hecha, en sus mejores tiempos, por el anarquismo mexicano.

    Amo a mi ciudad por otros motivos. Quizás el más importante de todos fue porque mis primeros amores, no el primero, pero si de los muy adelantados para el tiempo, florecieron al arrullo de sus boleros y de sus mariachis de la Plaza Garibaldi.

    ¡Amé y fuí amado! como dice el poeta. Pero finalmente en una gira a Veracruz me enamoré de una jarocha y allí me clavé, como se clavan todos aquellos que piensan que sólo hay una mujer en la vida y nada más, cuando abundan y sobradamente nos podían pertenecer, con aquellos cálculos hechos a la ligera pero enormemente satisfechos, entre cinco y siete.

    ¡Se imaginan! Siete mujeres por piocha. Nunca en la vida nos sonrió de esa manera pero sí, amamos a mujeres, en varias ocasiones que nos sirvieron, como catapulta para enriquecer más nuestro sentimiento y descubrir, en esos amoríos todas las ordenanzas del buen vivir y del buen placer.

    ¡Vivir amando!

    Esa fue mi ciudad a la que no dejo de quererla, a pesar de todo lo que ya no representa para mí. A pesar de lo sucio que veo sus calles y a pesar del esfuerzo de Andrés Manuel de ponerle al Centro Histórico, un adoquín que perdurará quién sabe por cuántos años.

    Amo a mi ciudad porque siempre tuvo para mí todos los espectáculos, conferencias, recitales, bailables dancísticos, y presentación de libros. En cada uno de mis actos me deleité como enano en tapanco, y como periodista, cubrí tantas horas que podría haberme titulado, por horas de vuelo, como el mejor piloto de la cultura citadina.

    Aunque eso de mejor piloto suena cursi, la verdad, es que diariamente podría uno escoger lo mejor, y siempre resultaba excelente; asi como vivir en Tepito y luego en la Lagunilla.

    Ví teatro como chacuaco que fuma y burro en primavera.

    Más de veinte años hablando de los actores, directores, compañías comerciales, la gran compañía nacional, los pequeños grupos y todas aquellas obrillas que se presentaban en las calles, ¡y qué calles, señor mío! tranquilas, seguras, llenas de poesía, adoquinadas para el baile y la danza de los trashumantes callejeros que taladraban los oídos de los espectadores que, en tiempos de frío, hasta cobijas lavaban.

    En México que supo darme todos aquellos tesoros de mi juventud y de mi hombría madura; de conocer a tantos y a tantas, que hoy citar sus nombres sería dejar a muchos sin cabeza en algun pie de página. Pero, fueron, directores, actores, actrices, músicos, escenógrafos, productores que, algunos sacaban la lana de la venta de sus cantinas, para producir teatro y otras, de origen gringo, para poner en la producción lo que supiera a campeonato del mundo.

    Algunos muy comerciales que sólo buscaban el disfrute del dinero por medio de chabacanadas pero, así era la capital, así era mi ciudad.

    Hoy, cuando hace algún tiempecillo que no la piso por las enfermedades propias de los carcamanes, la añoro como si fuera por segunda vez, y me hubiera prendado de ella en un síncope del corazón roto en un instante de amor.

    Aunque yo nací en Puebla y siempre lo he dicho, de pura chiripada, mi educación y mi profesionalidad la obtuve en esa gran ciudad que, cuando llegué allá por los cuarenta, a mediados, era tan pequeña que cabía en un jarrito y que conforme avanzaba en edad y mañanas, creció la ciudad en la misma forma hasta contar con legiones de mexicanos de todos los estratos.

    Pero, como yo siempre fuí pobre y viví por años en Tepito mi razón social es con los creyentes de la plusvalía que sólo se produce con el trabajo de manos, y de andares por las calles y de estudios hechos al vapor para alcanzar el mendrugo que cada día en la profesión, sin que el padre nuestro estuviera presente en nuestra boca.

    Había que sudar, trabajar, estudiar, romperse el cuerpo y el alma para lograr un sueldo que, estimado siempre, fue puro pinole que se nos embarraba en la cara para que siguiéramos siendo los jodidos del Distrito Federal.

    Y alguna vez, como Chava Flores, me dije a mi mismo:
    Quisiera ser rico, como tú Chava, para saber que se siente. Pero Chava, a quien le grabaron una gran cantidad de solistas, duetos, tríos, cuartetos, sinfónicas-filarmónicas y grandes figuras de la radio, el cine y la televisión, nunca pudo saborear esa riqueza que quien sabe en qué manos quedaban; como ahora sucede.

    Mi México city, bendito seas para siempre y que sigas, como ahora, en nuestros corazones, sin abusar tampoco porque no se vale.

DON RENATO
en MEMORIAS DEL PORVENIR
Martes 11 de Noviembre del 2008

 

 


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